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Disputa del Sacramento (detalle), Raffaello Sanzio, 1509. Museos Vaticanos, Ciudad del Vaticano.

Documentos: La Santa Misa

TESOROS DE LA LITURGIA DE LA MISA:

Prefacio Común Primero

P. Manuel Garrido Bonaño, O.S.B.

El autor es monje benedictino de la Abadía de Santa Cruz (Valle de los Caídos, Madrid). Trabajó como experto en el Concilio Vaticano II, en la redacción de la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia. Consultor de la Congregación del Culto Divino y Sacramentos. Ha sido profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España (Burgos) y de Teología dogmática y Liturgia en su Abadía. Es autor de innumerables libros y artículos sobre liturgia.

Las fuentes de este prefacio son los textos bíblicos siguientes: Efesios (1, 10); Juan (1, 16); Colosenses (l, 1920); Filipenses (2, 6-7. 9); Hebreos (5,9). El embolismo está redactado así:

(Cristo) a quien hiciste fundamento de todo y de cuya plenitud quisiste que participáramos todos. Siendo Él de condición divina se despojó de su rango, y por su sangre derramada en la cruz puso en paz todas las cosas; y así, constituido Señor del universo, es fuente de salvación eterna para cuantos creen en Él.

Recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra

El punto culminante del proyecto divino previo a la creación, consiste en recapitular en Cristo todas las cosas, esto es, hacer que todas tengan a Cristo como Cabeza y fundamento. Esto significa que Cristo, por su obra redentora, reagrupa y reconduce a Dios el mundo creado, que estaba antes disperso por el pecado, de forma que en Cristo encuentran su vínculo de unidad, su fundamento, tanto los seres celestes, como los hombres y todas las realidades terrestres. La capitalidad de Cristo sobre todas las cosas, que se hará plenamente manifiesta al final de los tiempos, se manifiesta en que Cristo, por ser verdadero Dios y verdadero hombre, es ya Cabeza, primogénito de toda la creación. Por su pasión/muerte y resurrección Jesucristo ha triunfado del pecado y de la muerte (Hch 2, 36; Rm 1, 4; Ef, 19-23). De ahí que todos los seres, tanto los visibles como los invisibles, estén sometidos a Él como a su Cabeza y fundamento.

Pues de su plenitud todos hemos recibido y gracia tras gracia

Sobreabundancia de dones otorgados por Cristo: a unas gracias se añaden otras, y todas brotan de la fuente inagotable que es Cristo, cuya plenitud de gracia no se acaba nunca. San Juan Crisóstomo en sus homilías sobre el Evangelio de san Juan (14, 1) dice: "Él (Cristo) no tiene el don recibido por participación, sino que es la misma fuente, la misma raíz de misma, la Luz misma, la Verdad misma. Y no retiene en sí mismo las riquezas de sus bienes, sino que los entrega a todos los demás; y habiéndolos dispensados, permanece lleno; no disminuye en nada por haberlos distribuido a otros, sino que llenando y haciendo participar a todos de estos bienes permanece en la misma perfección".

Pues el Padre tuvo a bien que en él (Cristo) habitase toda la plenitud, y por Él reconciliar todos los seres consigo, restableciendo la paz, por medio de su sangre derramada en la cruz, tanto en las criaturas de la tierra como en las celestiales

Santo Tomás de Aquino, al comentar este pasaje paulino, entiende que la palabra plenitud muestra la dignidad de la Cabeza (Cristo) en lo que se refiere a la plenitud de todas las gracias. En este sentido, Cristo es plenitud de la Iglesia, pues Él, como Cabeza, vivifica a su Cuerpo con toda clase de dones gratuitos. Pero no sólo es la plenitud de la Iglesia, sino también de todo el universo creado, pues todo cuanto existe en el cielo y en la tierra ha sido creado y es conservado en el ser por Él, que de continuo contempla y gobierna todos los seres. Como Cristo tiene la primacía de todas las realidades creadas, el Padre quiso reconciliarlas a todas consigo por medio de Él. El pecado había separado a los hombres de Dios y esto trajo como consecuencia la ruptura del orden perfecto que había entre las criaturas desde el principio. Derramando su sangre en la cruz, Cristo nos ganó la paz. Nada en el universo queda excluido de este influjo pacificador. El que en un principio creó todas las cosas en el cielo y en la tierra ha logrado ahora restablecer la paz entre todas las criaturas.

Esta reconciliación de todas las cosas, iniciada en Cristo, es impulsada por el Espíritu Santo y por Él continúa en la Iglesia. Sin embargo, no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando, junto con el género humano, también la creación entera sea renovada en Cristo, como se dice en el n. 48 de la constitución Lumen Gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II.

Se indican también como fuentes de este prefacio los siguientes textos del Nuevo Testamento:

El cual (Cristo), siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y mostrándose igual que los demás hombres... Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre (Flp 2,6-7. 9).

Y consumado (Cristo) vino a ser para todos los que le obedecen causa de salud eterna

San Pablo describe la glorificación de Cristo con unas características similares a las que el Profeta Daniel atribuye al Hijo del Hombre: Se le concedió señorío, gloria e imperio y todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieron; su señorío es un señorío eterno que no pasará y su imperio no ha de ser destruido (Dn 7,14). El señorío de Cristo se extiende a todas las realidades creadas y "es fuente de salvación eterna para cuantos creen en Él".

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