Mensaje del Sínodo de
los Obispos sobre la
Eucaristía
«La
Eucaristía: Pan vivo para la paz del mundo»
CIUDAD DEL VATICANO,
sábado, 21 octubre 2005 (ZENIT.org).- En la vigésima congregación
general del viernes, 21 de octubre de 2005, los padres sinodales aprobaron el
Mensaje del Sínodo de los obispos al pueblo de Dios, como conclusión de la
asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos sobre la
Eucaristía. Este es el texto:
La Eucaristía: Pan
vivo para la paz del mundo
Queridos hermanos obispos,
queridos sacerdotes y diáconos,
amados hermanos y hermanas,
1. «¡La paz esté con vosotros!». En nombre del Señor que irrumpe en el Cenáculo
de Jerusalén al atardecer de la
Pascua, repetimos: «La paz esté con vosotros!» (Jn 20, 21).
¡Que el misterio de su muerte y resurrección os consuele y dé sentido a toda
vuestra vida! ¡Que Él os guarde en la alegría de la esperanza! Porque Cristo
vive en su Iglesia; según su promesa está con nosotros todos los días hasta el
fin del mundo (cf. Mt 28, 20). En el Santísimo Sacramento de la
Eucaristía, Él mismo se nos entrega y con Él nos dona la
alegría de amar como Él ama, pidiéndonos que compartamos su Amor victorioso con
nuestros hermanos y hermanas del mundo entero. Este es el mensaje de gozo que
os anunciamos, queridos hermanos y hermanas, al final del Sínodo de los Obispos
sobre la Eucaristía.
Bendito sea Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos ha reunido
nuevamente, como en el Cenáculo, con María, Madre del Señor y Madre nuestra,
para hacer memoria del don supremo de la
Santísima Eucaristía.
2. Convocados a Roma por Su Santidad el Papa Juan
Pablo II, de venerable memoria, y confirmados por Su Santidad
Benedicto XVI, hemos llegado desde de los cinco continentes para rezar y
reflexionar juntos sobre la
Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la
Iglesia. La finalidad del Sínodo ha sido ofrecer al Santo
Padre algunas propuestas útiles para actualizar la pastoral eucarística de la
Iglesia. Hemos podido experimentar lo que la sagrada Eucaristía
significa desde los orígenes: una sola fe y una sola Iglesia, alimentada por un
mismo Pan de vida y en comunión visible con el sucesor de Pedro.
3. El diálogo fraterno entre obispos e invitados-oyentes, así como el diálogo
con los representantes ecuménicos, ha renovado nuestra convicción de que la
Sagrada Eucaristía no sólo anima y transforma la vida de
nuestras Iglesias particulares de Oriente y Occidente, sino también las
múltiples actividades humanas en los muy diversos medios en los que vivimos.
Experimentamos una profunda alegría al constatar la unidad de nuestra fe
eucarística dentro de la gran variedad de ritos, culturas y situaciones
pastorales. La presencia de tantos hermanos obispos nos ha permitido
experimentar de forma todavía más directa la riqueza de nuestras diferentes
tradiciones litúrgicas. Una riqueza que hace resplandecer la profundidad del
único misterio eucarístico.
Os invitamos a rezar con más fervor, hermanos y hermanas cristianos de todas
las confesiones, para que llegue el día de la reconciliación y de la plena
unidad visible de la Iglesia,
en la celebración de la
Santa Eucaristía, en conformidad con la oración del Señor la
víspera de su muerte: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado»
(Jn 17, 21).
4. Profundamente agradecidos a Dios por el pontificado del Santo Padre Juan
Pablo II y por su última encíclica Ecclesia de Eucharistia,
seguida de la carta apostólica Mane nobiscum Domine, que abría el Año
eucarístico, pedimos a Dios que multiplique los frutos de su testimonio y de su
enseñanza. Nuestra gratitud va también a todo el pueblo de Dios cuya proximidad
y solidaridad hemos percibido durante estas tres semanas de oración y de reflexión.
Las Iglesias particulares en China, y sus obispos que no han podido unirse a
nuestros trabajos, han ocupado un lugar especial en nuestros pensamientos y
oraciones.
A todos vosotros, obispos, sacerdotes y diáconos, misioneros del mundo entero,
hombres y mujeres consagrados, fieles laicos y también a vosotros hombres y
mujeres de buena voluntad, responsables de los medios de comunicación: ¡En
nombre de Cristo Resucitado: paz y alegría en el Espíritu Santo!
En escucha del sufrimiento del mundo
5. La Asamblea
Sinodal ha sido un tiempo intenso de intercambios y
testimonios sobre la vida de la
Iglesia en los diversos continentes. Hemos tomado conciencia
de las situaciones dramáticas y de los sufrimientos causados por las guerras,
el hambre, las diferentes formas de terrorismo y de injusticia, que afectan a
la vida cotidiana de centenares de millones de seres humanos. Las explosiones
de violencia en Medio Oriente y en África nos han sensibilizado ante el olvido
que sufre el continente africano en la opinión pública mundial. Los desastres
naturales, que parecen hacerse más frecuentes, obligan a considerar la
naturaleza con más respeto y a reforzar los lazos de solidaridad con las
poblaciones afectadas.
No hemos permanecido en silencio ante los graves problemas causados por la
secularización, presente sobre todo en Occidente, que conducen a la
indiferencia religiosa y a varias manifestaciones de relativismo. Hemos
recordado y denunciado las situaciones de injusticia y de pobreza extrema que
proliferan por todas partes pero especialmente en América Latina, en África y
en Asia. Todos estos sufrimientos claman a Dios e interpelan la conciencia de
la humanidad. Ante ellos nos preguntamos: ¿en qué se transforma la aldea global
de nuestra tierra, con un ambiente amenazado que corre el riesgo de ir a la
ruina? ¿Qué hacer para que, en esta era de globalización, la solidaridad
triunfe sobre el sufrimiento y la miseria? Nuestro pensamiento se dirige
también a los que gobiernan las Naciones, para que, con diligencia, aseguren a
todos el bien común y promuevan la dignidad de cada persona, desde su
concepción hasta su muerte natural. Les pedimos que promuevan leyes respetuosas
del derecho natural respecto al matrimonio y a la familia. Por nuestra parte
continuaremos participando activamente en el esfuerzo común para crear las
condiciones duraderas de un progreso real para toda la familia humana, en el
que a nadie falte el pan de cada día.
6. Hemos llevado estos sufrimientos y problemas a la celebración y a la adoración
eucarísticas. En nuestros debates, escuchándonos con hondura los unos a los
otros, nos ha emocionado y conmovido el testimonio de mártires en varios puntos
de la tierra que, como en toda la historia de la
Iglesia, no faltan en nuestros días. Los Padres sinodales han
recordado que, gracias a la
Santísima Eucaristía, los mártires han encontrado el vigor
necesario para vencer el odio con el amor y la violencia con el perdón.
«Haced esto en conmemoración mía»
7. La víspera de su pasión, «Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio
a sus discípulos diciendo: ‘Tomad, comed, esto es mi Cuerpo´. Después, tomando
una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: ‘Bebed todos de ella; porque esta
es mi sangre, sangre de la alianza, que va a ser derramada por la multitud en
remisión de los pecados´» (Mt 26, 25-28); «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,
19; 1 Cor 11, 24-25). Desde el inicio la
Iglesia hace memoria de la muerte y resurrección de Jesús con
sus mismas palabras y sus mismos gestos en la Última Cena, pidiendo al Espíritu
Santo que transforme el pan y el vino en el Cuerpo y en la
Sangre del Señor. Con la
Tradición constante de la
Iglesia creemos firmemente y enseñamos que las palabras de
Jesús que el sacerdote pronuncia en la
Misa, por el poder del Espíritu, realizan lo que significan.
Realizan la presencia real de Cristo resucitado (CCC 1366). La
Iglesia vive de este don supremo que la reúne, la purifica y
la transforma en un solo Cuerpo de Cristo animado por un solo Espíritu (cf. Ef
5, 29).
La Eucaristía
es el don del Amor del Padre que ha enviado a su Hijo único para que el mundo
se salve por medio de Él (cf. Jn 3, 17); amor de Cristo que nos ha amado hasta
el extremo (cf. Jn 13, 1); amor de Dios derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5), que clama en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4, 6;
Rm 8, 15). Así pues, al celebrar el Santo Sacrificio de la
Misa, anunciamos con gozo la salvación del mundo proclamando
la muerte victoriosa del Señor hasta que venga; y al comulgar de su Cuerpo,
recibimos las «arras» de nuestra resurrección.
8. Cuarenta años después del Concilio Vaticano II, hemos querido verificar en
qué medida los misterios de la fe se expresan y celebran adecuadamente en
nuestras asambleas litúrgicas. El Sínodo reafirma que el Concilio Vaticano II
ha puesto las bases necesarias para una reforma litúrgica auténtica. Es
importante cultivar sus frutos positivos y corregir los abusos que se hayan
introducido en la práctica litúrgica. Estamos convencidos de que el respeto del
carácter sagrado de la liturgia pasa por una fidelidad auténtica a las normas
litúrgicas de la autoridad legítima. Que nadie se considere dueño de la
liturgia de la Iglesia. La
fe viva, que reconoce la presencia del Señor, constituye la primera condición
para una celebración bella que culmine con el Amén para gloria de Dios.
Luces en la vida eucarística de la
Iglesia
9. Los trabajos del Sínodo se han desarrollado en una atmósfera de alegría y de
fraternidad, alimentada por la discusión abierta de los problemas y el
testimonio espontáneo de los frutos del año eucarístico. La escucha y las
intervenciones de nuestro Santo Padre Benedicto XVI han sido para todos
nosotros un ejemplo y una ayuda preciosa. Muchos testimonios nos han hablado de
hechos positivos y consoladores. Por ejemplo la toma de conciencia de la
importancia de la Misa
dominical; el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en
varias partes del mundo; la experiencia fuerte de las Jornadas Mundiales de la
Juventud que han culminado en Colonia, Alemania; el desarrollo
de numerosas iniciativas para la adoración del Santísimo Sacramento
prácticamente en todo el mundo; la renovación de la catequesis del Bautismo y
de la Eucaristía
a la luz del Catecismo de la
Iglesia Católica; el crecimiento de movimientos y comunidades
que forman misioneros para la nueva evangelización; el aumento de grupos de
monaguillos que dan la esperanza de nuevas vocaciones; y muchas otras
experiencias que suscitan nuestra acción de gracias.
En fin, los Padres sinodales desean que el Año eucarístico sea un inicio y un
punto de apoyo para una nueva evangelización, a partir de la
Eucaristía, de la humanidad en vías de globalización.
10. Deseamos que el «estupor eucarístico» (EE 6) lleve a los fieles a una vida
de fe cada vez más fuerte. Con este fin, las tradiciones orientales, ortodoxas
y católicas, celebran la
Divina Liturgia, cultivan la oración de Jesús, el ayuno
eucarístico, mientras que la tradición latina propone una «espiritualidad
eucarística» que culmina en la celebración e incluye también la adoración del
Santísimo Sacramento fuera de la
Misa, las bendiciones eucarísticas, las procesiones con el
Santísimo Sacramento, y otras sanas manifestaciones de la piedad popular. Esta
espiritualidad será sin duda de lo más fecundo para sostener la vida cotidiana
y reforzar nuestro testimonio.
11. Damos gracias a Dios porque en varios países donde los sacerdotes estaban
ausentes o confinados a la clandestinidad, la
Iglesia puede ahora celebrar libremente los Santos Misterios.
La libertad de evangelizar y los testimonios de renovado fervor despiertan poco
a poco la fe en zonas profundamente descristianizadas. Saludamos con afecto y
alentamos a los que aún sufren persecución. Pedimos también que donde los cristianos
son minoría puedan celebrar el Día del Señor con toda libertad.
Retos para una renovación eucarística
12. La vida de nuestras Iglesias está marcada también por sombras y problemas
que no hemos eludido. Pensamos ante todo en la pérdida del sentido del pecado y
en la crisis persistente de la práctica del sacramento de la penitencia. Es
importante que se redescubra su sentido profundo: es una conversión y un
remedio precioso dado por Cristo resucitado para la remisión de los pecados
(cf. Jn 20, 23) y el crecimiento en el amor a Dios y a nuestros hermanos.
Es interesante subrayar que un número creciente de jóvenes, habiendo recibido
una catequesis adecuada, practican la confesión personal de los pecados y
muestran una sensibilidad a la reconciliación requerida para recibir dignamente
la santa comunión.
13. Por otro lado, la falta de sacerdotes para celebrar la
Eucaristía del domingo nos preocupa enormemente y nos invita a
rezar y a promover más activamente las vocaciones sacerdotales. Algunos
sacerdotes se ven obligados a multiplicar las celebraciones y los
desplazamientos de un lugar a otro para responder lo mejor posible a las
necesidades de los fieles, al precio de grandes fatigas. Merecen nuestra estima
y solidaridad. Nuestro agradecimiento se dirige también a los numerosos
misioneros cuyo entusiasmo en el anuncio del Evangelio permite seguir siendo
fieles al mandato del Señor de ir al mundo entero y bautizar en su Nombre (cf.
Mt 28, 19).
14. Por otro lado, estamos preocupados porque la falta del sacerdote impide la
celebración de la Misa,
el Día del Señor. En los distintos continentes que padecen esa falta de
sacerdotes existen diferentes formas de celebraciones dominicales. Por otra
parte, la práctica de la «comunión espiritual», muy apreciada por la tradición
católica, ciertamente se podría y debería promover y explicar mejor, tanto para
ayudar a los fieles a mejorar la comunión sacramental, como para dar un
verdadero consuelo a los que, por diversas razones, no pueden recibir la
comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo. Creemos que esta práctica ayudaría a
las personas solas, en particular a discapacitados, ancianos, prisioneros y
refugiados.
15. Conocemos la tristeza de los que no pueden recibir la comunión sacramental
por causa de una situación familiar no conforme con el mandamiento del Señor
(cf. Mt 19, 3-9). Algunas personas divorciadas y vueltas a casar aceptan con
dolor no poder comulgar sacramentalmente y lo ofrecen a Dios. Otras no
entienden esta restricción y viven una gran frustración interior. Aunque no
estemos de acuerdo con su elección (cf. Catecismo de la
Iglesia Católica 2384), reafirmamos que no son excluidos de la
vida de la Iglesia. Les
pedimos que participen en la Misa
dominical y escuchen frecuentemente la
Palabra de Dios para que alimente su vida de fe, de caridad y
de conversión. Deseamos decirles que estamos cercanos a ellos con la oración y
la solicitud pastoral. Juntos pedimos al Señor obedecer fielmente a su
voluntad.
16. Hemos constatado también en ciertos ambientes una disminución del sentido
de lo sagrado que afecta no sólo a la participación activa y fructuosa de los
fieles en la Misa,
sino también a la manera de celebrar y a la cualidad del testimonio de vida que
los cristianos están llamados a dar. Tratemos de reavivar, a través de la
Sagrada Eucaristía, el sentido y el gozo de pertenecer a la
comunidad católica, ya que en ciertos países se multiplican los abandonos. La
descristianización reclama una mejor formación a la vida cristiana en las
familias, para que la práctica de los sacramentos se renueve y manifieste
realmente el contenido de la fe. Invitamos pues a los padres, pastores y
catequistas a movilizarse en un gran trabajo de evangelización y de educación a
la fe al inicio de este nuevo milenio.
17. Ante el Señor de la historia y ante el futuro del mundo, los pobres de
siempre y los nuevos, las víctimas de injusticias, cada vez más numerosas, y
todos los olvidados de la tierra nos interpelan, nos recuerdan a Cristo en
agonía hasta el final de los tiempos. Estos sufrimientos no pueden ser extraños
a la celebración del misterio eucarístico, que compromete a todos nosotros a
obrar por la justicia y la transformación del mundo de manera activa y
consciente, a partir de la enseñanza social de la
Iglesia que promueve la centralidad y dignidad de la persona.
«No podemos engañarnos: es por el amor mutuo y, en particular, por la solicitud
que manifestaremos a los que están en necesidad por lo que seremos reconocido
como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35; Mt 25, 31-46). Este es el
criterio que probará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas»
(Mane nobiscum Domine 28).
Seréis mis testigos
18. «Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta
el extremo» (Jn 13, 1). San Juan revela el sentido de la
Institución de la
Santísima Eucaristía por medio de la narración del lavatorio
de los pies (cf. Jn 13, 1-20). Jesús se abaja a lavar los pies de sus
discípulos como signo de su Amor supremo. Este gesto profético anticipa su
abajamiento del día siguiente en la muerte de la cruz, que redime el pecado del
mundo y lava nuestras almas de toda mancha. La
Sagrada Eucaristía es el don del Amor, un encuentro con Dios
que nos ama y una fuente que mana vida eterna. Obispos, sacerdotes y diáconos
somos los primeros testigos y servidores de este Amor
19. Queridos sacerdotes, hemos pensado mucho en vosotros en estos días.
Conocemos vuestra generosidad y vuestros retos. En comunión con nosotros
vuestros obispos lleváis el peso del servicio pastoral cotidiano al lado del
pueblo de Dios. Anunciáis la
Palabra de Dios procurando introducir a los fieles en el
misterio eucarístico. ¡Qué espléndida gracia la de vuestro ministerio! Rezamos
con vosotros y por vosotros para que juntos seamos fieles al amor del Señor; os
pedimos ser, con nosotros y siguiendo el ejemplo del Santo Padre Benedicto XVI,
«humildes obreros de la viña del Señor», con una vida sacerdotal coherente. Que
la paz de Cristo que dais a los pecadores arrepentidos y a las asambleas eucarísticas,
resplandezca sobre vosotros y sobre las comunidades que viven de vuestro
testimonio.
Con gratitud recordamos el empeño de los diáconos permanentes, de los
catequistas, de los agentes de pastoral y de numerosos laicos que activamente
trabajan en favor de la comunidad. ¡Pueda vuestro servicio ser siempre fecundo
y generoso, apoyados por una plena comunión de intenciones y de acción con los
Pastores de la comunidad!
20. Amados hermanos y hermanas, cualquiera que sea el estado de vida en el que
somos llamados a vivir nuestra vocación bautismal, revistámonos de los
sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fil 2, 2) y compitamos en humildad los unos
con los otros a ejemplo de Jesucristo. Nuestra caridad mutua no es solamente
una imitación del Señor, es una prueba viva de su presencia activa en medio de
nosotros. Saludamos y damos las gracias a todas las personas consagradas,
porción escogida de la viña del Señor, que testimonian gratuitamente la
Buena Nueva del Esposo que viene (cf. Ap 22, 17-20). Vuestro
testimonio eucarístico de seguimiento de Cristo es un grito de amor en la noche
del mundo, un eco del Stabat Mater y del Magnificat. Que la
Mujer eucarística por excelencia, coronada de estrellas e
inmensamente fecunda, la Virgen
de la Asunción
y de la Inmaculada
Concepción, os mantenga en el servicio de Dios y de los
pobres, en la alegría de Pascua, para la esperanza del mundo.
21. Queridos jóvenes, el Santo Padre Benedicto XVI os ha dicho e insistido que
no perdéis nada dándoos a Cristo. Repetimos sus palabras fuertes y serenas de la
Misa de comienzo de su ministerio que os orientan hacia la
verdadera felicidad, respetando por completo vuestra libertad: «¡No tengáis
miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el
ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y
encontraréis la verdadera vida». Confiamos en vuestras capacidades y en vuestro
deseo de desarrollar los valores positivos del mundo y de cambiar lo que es
injusto y violento. Contad con nuestro apoyo y nuestra oración para que juntos
nos enfrentemos con el reto de construir el futuro con Cristo. Sois los
«centinelas de la aurora» y los «exploradores del futuro». No dejéis de beber
en la fuente de la fuerza divina de la
Sagrada Eucaristía para realizar las transformaciones
necesarias.
A los jóvenes seminaristas que se preparan para el ministerio sacerdotal y que
comparten con su generación las mismas esperanzas para el futuro, les deseamos
que su vida de formación esté impregnada de una auténtica espiritualidad
eucarística.
22. Queridos esposos cristianos y familias, vuestra vocación a la santidad,
como iglesia doméstica, se alimenta en la
Mesa de la
Eucaristía. En el sacramento del matrimonio vuestra fe
transforma la unión conyugal en un templo del Espíritu Santo, en fuente fecunda
de nueva vida que engendra los hijos, fruto de vuestro amor. Hemos hablado a
menudo de vosotros en el Sínodo, porque somos conscientes de las fragilidades y
de las incertidumbres del mundo presente. No os desaniméis en el esfuerzo por
educar vuestros hijos en la fe. Sois el semillero de las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada. No olvidéis que Cristo habita en vuestra
unión y la bendice con todas las gracias que necesitáis para vivir santamente
vuestra vocación. Os animamos a conservar la costumbre de participar en familia
en la Eucaristía
dominical. Alegráis así el corazón de Jesús que dijo: «Dejad que los niños se
acerquen a mí» (Mc 10, 14).
23. Deseamos dirigir una palabra especial a todos los que sufren, especialmente
a los enfermos y discapacitados que están unidos al sacrificio de Cristo por su
sufrimiento (cf. Rm 12, 2). Por el dolor que sentís en vuestro cuerpo y en
vuestro corazón participáis de manera singular en el sacrificio de la
Eucaristía, como testigos privilegiados del amor que de ella
deriva. Estamos seguros de que en el momento en el que experimentamos la
debilidad y nuestros propios límites, la fuerza de la
Eucaristía puede ser una gran ayuda. Unidos al misterio
pascual de Cristo, encontramos la respuesta a las cuestiones candentes del
sufrimiento y de la muerte, sobre todo cuando la enfermedad toca a niños
inocentes. Nos sentimos cercanos a todos vosotros pero especialmente a los
moribundos que reciben el Cuerpo de Cristo como viático para su último paso al
Reino.
Que todos sean uno
24. El Santo Padre Benedicto XVI ha reiterado el compromiso solemne de la
Iglesia con la causa ecuménica. Todos somos responsables de
esta unidad (cf. Jn 17, 21), pues somos miembros de la familia de Dios por
nuestro bautismo, hemos recibido la misma gracia y dignidad fundamental y
compartimos el inestimable don sacramental de la vida divina. Todos sentimos el
dolor de la separación que impide la celebración común de la
Santa Eucarístia. Queremos intensificar en las comunidades la
oración por la unidad, el intercambio de dones entre las Iglesias y las
comunidades eclesiales, así como los contactos respetuosos y fraternos entre
todos, para conocernos mejor y amarnos, respetando y apreciando nuestras
diferencias y nuestros valores comúnes. Normas precisas de la
Iglesia determinan cómo hay que conducirse respecto a la
comunión eucarística de los hermanos y hermanas que no están todavía en plena
comunión con nosotros. Una sana disciplina impide la confusión y los gestos
precipitados que pueden obstaculizar aún más la verdadera comunión.
25. Como cristianos nos reconocemos muy cercanos a todos los otros
descendientes de Abraham: a los judíos, herederos de la primera Alianza, y a
los musulmanes. Al celebrar la sagrada Eucaristía, nos consideramos también,
como dice San Agustín, «sacramento de la humanidad» (De civ. Dei, 16), voz de
todas las oraciones y súplicas que suben de la tierra hacia Dios.
Conclusión: una paz llena de esperanza
Amados hermanos y hermanas,
26. Damos gracias a Dios por esta XI Asamblea Sinodal, que nos ha hecho volver
a la fuente del misterio de la
Iglesia, cuarenta años después del Concilio Vaticano II.
Terminamos así felizmente el Año de la
Eucaristía, confirmados en la unidad y renovados en el
entusiasmo apostólico y misionero.
A comienzos del siglo cuarto, el culto cristiano aún estaba prohibido por las
autoridades imperiales. Los cristianos del norte de África, vinculados con
fuerza a la celebración del Día del Señor, desafiaron la prohibición. Murieron
mártires declarando que no podían vivir sin la celebración dominical de la
Eucaristía. Los 49 mártires de Abitinia, unidos a tantos
santos y beatos que han hecho de la
Eucaristía el centro de sus vidas, interceden por nosotros al
inicio del nuevo milenio. Nos enseñan la fidelidad al encuentro de la
Nueva Alianza con Cristo resucitado.
Al final de este Sínodo, experimentamos la paz llena de esperanza que los
discípulos de Emaús, con el corazón encendido, recibieron del Señor resucitado.
Se levantaron y volvieron apresuradamente a Jerusalén para compartir su alegría
con sus hermanos y hermanas en la fe. Os deseamos que vayáis alegremente a su
encuentro en la
Santa Eucaristía y que experimentéis la verdad de su palabra:
«Y yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
¡Queridos hermanos y hermanas, la
Paz esté con vosotros!