Joseph Ratzinger
MIRAR A CRISTO
Ejercicios de Fe,
Esperanza y Amor
2ª ed, Edicep, Valencia 2005[1]
TÍTULO ORIGINAL: AUF CHRISTUS
SCHAUEN
© 1989 Editoriale Jaca Book,
Milano
Traducción del italiano al
español por: Xavier Serra
1.
La
vida cristiana no es otra cosa sino la existencia humana vivida tal y como se
debe
2.
La fe
humana es indispensable para nuestra vida, y presupone un mínimo de confianza
en el otro
7.
El
acto de fe es radical apertura a la verdad, ruptura de mi subjetivismo
8.
La
oración es esperanza en acto. El desesperado ni el presuntuosos rezan.
9.
Aprender
a rezar es aprender a esperar y por lo tanto es aprender a vivir.
18.
La
santidad no consiste en aventurados actos de virtud, sino en amar junto a
Jesucristo
p. 11 Pero, puesto que la existencia cristiana no es un arte más junto a otros, sino simplemente la existencia humana vivida tal y como se debe, se podría afirmar que queremos ejercitar el arte de la vida justa. Queremos aprender el arte de las artes: la existencia humana.
p.14 (...) podemos establecer que tal fe [la fe humana con la que habitualmente vivimos] es indispensable para nuestra vida. Porque de lo contrario no funcionaría nada: cada uno tendría que empezar desde el principio. Esta reflexión es válida también en un sentido más profundo: la vida humana sería imposible si no hubiera confianza en el otro y en los otros, puesto que uno no puede fiarse únicamente en su propia experiencia, en sus propios conocimientos.
p. 15 Decíamos que en el cuadro de la «fe de cada día» (así queremos llamarla) se deben distinguir dos aspectos: por una parte el carácter de la insuficiencia, de la provisionalidad; estamos ante un estadio incipiente del saber, del que se intenta salir, si es posible. Pero junto a este aspecto hay algo más: una «fe» de este tipo es confianza recíproca, participación común en la comprensión y en el dominio de este mundo; este aspecto en general es esencial para la formación de la vida humana. Una sociedad sin confianza no puede vivir. Las palabras pronunciadas por Tomás de Aquino, aunque dichas a otro nivel, tienen aquí total validez: la incredulidad es esencialmente contraria a la naturaleza del hombre (*).
(*) S.
Theol. II-II q. 10, a. l ad 1
p.16 (...) una cierta verificación del saber en la experiencia de cada día. Que la corriente eléctrica funcione correctamente no lo podré demostrar científicamente, pero el funcionamiento diario de mi lámpara en el estudio me demuestra que yo, aunque no sea uno de los que «conocen», no obro con una «fe» totalmente pura, carente de todo tipo de confirmación.
p. 25 La verdad sólo se muestra al corazón vigilante y humilde. Si es verdad que los grandes resultados de la ciencia se abren únicamente al trabajo intenso, vigilante y paciente, siempre preparado a una corrección y a un aprendizaje, entonces se comprenderá que las verdades más dignas exigen una gran constancia y humildad en la escucha. «Y ensalzó a los humildes». No se trata de un slogan de lucha de clases, ni siquiera es un moralismo primitivo. Estamos frente a primeras actitudes del hombre como tal. La dignidad de la verdad, y por tanto el acceso a la verdadera grandeza del hombre, se abre únicamente a la percepción humilde, que no se descorazona ante negativa alguna, ni se desvía por los aplausos o por las contradicciones, ni siquiera por los deseos y los asuntos del propio corazón. Esta apertura hacia el Infinito, hacia el Dios infinito, no tiene nada que ver con la credulidad; exige por el contrario la autocrítica más consciente. Es mucho más abierta y crítica que la misma limitación del empírico, cuando el hombre hace de su voluntad de dominio el último criterio del conocimiento.
p. 26 lo mismo que cuando en las cosas empíricas iniciamos con un poco de fe y tenemos necesidad del testimonio de quien ya conoce para llegar nosotros mismos a conocer, así también en este sector de nuestro conocer, al mismo tiempo difícil y decisivo, es necesaria la disponibilidad para escuchar a los grandes testigos de la verdad, los testigos de Dios; es necesario dejamos conducir por ellos, a fin de alcanzar la vía del conocimiento.
p. 42 La fe es, correspondientemente y desde su más íntima esencia, un «co-existir», fuera de aquel aislamiento de mi yo, que era su enfermedad. El acto de fe es apertura a la inmensidad, ruptura de las barreras de mi subjetividad -lo que Pablo describe con las palabras: «Ya no vivo yo, vive en mí Cristo» (Ga 2,20)15.
p.71 Un hombre desesperado no reza, porque no espera; un hombre seguro de su poder y de sí mismo no reza, porque confía únicamente en sí mismo. Quien reza espera en una bondad y en un poder que van más allá de sus propias posibilidades. La oración es esperanza en acto.
p. 72 (...) aprender a rezar es aprender a esperar y por lo tanto es aprender a vivir.
p.80 La actualidad de los análisis de Santo Tomás se hace, si es posible, todavía más manifiesta, si vemos lo que dice sobre las hijas de la acidia. Junto con la desesperación, del seno del perezoso alejado de la grandeza del hombre amado de Dios, nace la «evagatio mentis», el espíritu errante, porque -así dice Tomás- «ningún hombre puede habitar en la tristeza». Por eso si el fondo del alma es la tristeza, se llega necesariamente a una continua huida del alma de sí misma, a una profunda inquietud. El hombre al hablar huye del pensamiento. Y puesto que se le ha quitado la visión hacia lo Infinito, busca insaciablemente sustitutos. Actitudes ulteriores reforzarán este comportamiento: la inquietud interior (importunitas, inquietudo), es decir una ininterrumpida búsqueda de cosas nuevas que sustituyan la pérdida de la inagotable sorpresa del amor divino; en fin la instabilitas loci vel propositi.
p. 82 Afín a esta actitud es el odio del apóstata, que ha arrojado lejos de sí mismo el peso de la vocación cristiana y se ha procurado un significado a la vida, aparentemente más simple que el de la existencia cristiana. Y les describirá ese nuevo significado a los demás como el verdadero contenido del mensaje cristiano, porque nadie puede soportar considerarse a sí mismo como un apóstata. Pero de esta forma nace un odio siniestro a todo aquello que le recuerde la verdadera grandeza del mensaje. Todo le despertará su propia conciencia y le hará dudar de la autojustificación en la que se ha refugiado, después de haber perdido la fe. La conciencia ha sido pisoteada, y ahora se debe pisotear también todo lo que le dio voz a esa conciencia. En un sentido general podríamos decir que el hombre que se niega a su grandeza metafísica, es un apóstata de la divina vocación de la humanidad. El inmenso odio que hoy aparece en ciertos grupos terroristas, no se puede comprender sin esa «necesidad» que hay de pisotear la conciencia y todo lo que recuerde su mensaje.
p. 88 Quien ama a Dios sabe que únicamente existe una amenaza real para el hombre: el peligro de perder a Dios mismo.
p. 89 El hombre tiene más miedo del poder de la opinión pública, que de la lejana e inerme luz de la verdad. Y se doblega al poder de la opinión, convirtiéndose en su aliado, en uno de sus portadores. Se hace esclavo de la apariencia. (...) En sus acciones ya no se orienta según la realidad, sino según las presumibles reacciones de los otros. Se llega así a un dominio de la opinión, de lo falso. De este modo toda la vida de una sociedad, las decisiones políticas y personales, puede basarse en una dictadura de lo falso.
p. 90 (...) quizás nos resulte difícil referir prácticamente las palabras de la Escritura a nuestra propia vida, esas palabras que afirman que el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Pero si las giramos del revés, su significado se ve con claridad: la falta del temor de Dios es el principio de toda locura. Donde no reina el temor de Dios, que tiene su lugar exacto en el interior de su amor, el hombre pierde su propia medida; el miedo de los hombres asume el dominio sobre él, llega a la idolatría de la apariencia, y queda abierta la puerta a todo tipo de estupidez.
93 Pero consideremos un poco más de cerca este primer paso, el sí al tú, la afirmación de su ser (y en tal modo del ser en el amor y por el amor). Este tú es un acto creador, una nueva creación. Para poder vivir el hombre tiene necesidad de este sí. El nacimiento biológico no es suficiente. El hombre puede asumir su propio yo únicamente en la fuerza de aceptación de su ser, que viene de otro, del tú. Este sí del amante le proporciona su existencia de forma nueva y definitiva, recibiendo una especie de renacimiento, sin el que su primer nacimiento quedaría incompleto y le enfrentaría a una contradicción consigo mismo. Para reforzar la validez de esta afirmación, será suficiente pensar en la historia de algunas personas que en los primeros meses de su vida han sido abandonadas por sus padres y no han sido recogidas con un amor, que afirmase y abrazase sus vidas. Sólo el renacimiento del ser amado completa el nacimiento y abre al hombre al espacio de una existencia significativa.
97 El perdón es curación, mientras que la aprobación del mal sería destrucción, sería aceptación de la enfermedad y, precisamente de esa forma, no bondad para el otro.
p. 98 La cruz como expiación, la cruz como modo del perdón y de la salvación no se adapta a un determinado esquema de pensamiento moderno. Sólo cuando se percibe el nexo entre verdad y amor, la cruz se hace comprensible en su verdadera profundidad teológica. El perdón tiene que ver con la verdad y por tanto exige la cruz del Hijo y exige nuestra conversión. Perdón es, precisamente, restauración de la verdad, renovación del ser y superación de la mentira oculta en todo pecado. El pecado es por esencia un abandono de la verdad del propio ser y por tanto de la verdad del creador, de Dios.
Se podría añadir: el perdón es la participación en el dolor del paso de la droga del pecado a la verdad del amor.
p.107 La santidad no consiste en aventurados actos de virtud, sino en amar junto a él [Jesucristo]. Por eso los santos verdaderos son hombres completamente humanos y naturales, seres en quienes, mediante la transformación y purificación pascual, llega la luz de lo humano en toda su original belleza.
[1] Esta selección de textos así como la redacción de los títulos de cada apartado ha sido realizada por diego@vicalvaro.com en enero de 2006