LA SAL DE LA TIERRA

Cristianismo e Iglesia Católica ante el nuevo milenio

Una conversación con Peter Seewald

Traducción: Carla Arregui Núñez[1]

5ª ed. en castellano, de Ediciones Palabra, Madrid 2005

La versión original de este libro apareció con el título: SALZ DER ERDE © 1996 by Deutsche Verlags-Anstalt GmbH D-70190 Stuttgart (Germany)

 

1.      El cristianismo actúa en el mundo como la sal de la tierra: no llama la atención, pero ahí está preservando al mundo.

2.      Qué es lo esencial del ser cristiano

3.      La alegría es un elemento constitutivo del cristianismo

4.      Sobre el sábado en que nació Benedicto XVI

5.      La respuesta del hombre a la realidad no puede ser sólo la razón -como asegura la ciencia-, ni tampoco puede expresar todo lo que el hombre quiere y debe expresar

6.      Los autores que más han influido sobre Benedicto XVI

7.      La Revelación contenida en  la Biblia es definitiva, y con el Espíritu Santo siempre tiene algo nuevo que decir

8.      Lo que queda después de suprimir la verdad sólo es simple decisión nuestra y, por tanto, arbitrario

9.      La Iglesia tiene que hablar también a las conciencias de los desaprensivos -que pasan frívolamente por la vida sin querer enterarse de la miseria de su entorno

10.  No hacer frente a los problemas me ha parecido siempre la peor forma de desempeñar un cargo

11.  Sobre el abuso de la sexualidad

12.  Sobre los cambios en el  pensamiento de Ratzinger

13.  El ejemplo de San Benito

14.  La idea general del mundo moderno: vivir como si Dios no existiera

15.  El feminismo radical pretende liberar a la persona de su propia biología

16.  La «teología india» trata de resucitar la religión y la cultura precolombinas, convencida de que así podrá liberarse de la "extranjerización" europea que actualmente le desborda [Estilo Evo Morales]

17.  La supuesta incompatibilidad entre verdad y democracia, entre cristianismo y modernidad

18.  La liturgia no hay que entenderla sólo de un modo racional, sino con todos los sentidos, para adentrarnos en una celebración que está por encima de la historia

19.  Sobre el rigor de la liturgia y la  personalidad del celebrante en la celebración litúrgica

20.  La fe es un don recibido para transmitirlo a los demás

21.  Sobre el valor del celibato en la Iglesia

22.  Sobre el tema de la contracepción, Ratzinger recuerda tres principios: 1º Toda nueva vida humana es una bendición de Dios para los hombres; 2º Sexualidad y reproducción están indisolublemente unidad; 3º Los problemas morales no se solucionan sólo con medios técnicos, sino principalmente mediante el esfuerzo personal

23.  Comparación entre la pena de muerte y el aborto provocado

24.  La idea de los derechos humanos se debe a los teólogos y canonistas españoles

25.  Las democracias deben su origen al mundo judeo-cristiano de Occidente

26.  La misma historia nos muestra cómo la Iglesia es la luz del mundo

27.  Mitología y religión. La religión no la inventamos; los mitos sí.

28.  La separación religión y Estado es un logro del cristianismo

29.  La Iglesia va contracorriente, con independencia de las modas

30.  La creciente influencia del Islam se debe a la decadencia moral del Occidente cristiano

31.  Lo que más interesaba a Juan Pablo II según Ratzinger

32.  Naturaleza de la Iglesia en contraste con la organización de un Estado.

33.  La Iglesia se manifiesta, antes que en su magisterio, en la misma vida de sus fieles

34.  La historia en conjunto es la lucha entre el amor y la negación del amor.

35.  ¿Y Dios qué quiere exactamente de nosotros?

 

El cristianismo actúa en el mundo como la sal de la tierra: no llama la atención, pero ahí está preservando al mundo.

p. 18

Card. Ratzinger: Yo nunca me he imaginado dando un golpe de timón a la historia. Los caminos de Dios nunca conducen a resultados rápidamente mensurables, y eso puede comprobarse viendo cómo Jesucristo acabó en la Cruz. Esto, a mí me parece muy importante, porque hasta sus discípulos le hacían preguntas parecidas «¿qué pasa?», «¿por qué no nos siguen?», y entonces el Señor les respondía con las parábolas del grano de mostaza o de la levadura, para que comprendieran que la medida que utiliza Dios no es la de las estadísticas precisas. Sin embargo, lo que aconteció con el grano de mostaza y un poco de levadura fue algo enormemente importante y decisivo, aunque ellos entonces no lo podían ver.

 

Quizá haya llegado el momento de despedirnos de una Iglesia clerical. Posiblemente estemos ante una nueva época de la historia de la Iglesia muy diferente, en la que volvamos a ver una cristiandad semejante a aquel grano de mostaza, que ya está surgiendo en grupos pequeños, aparentemente poco significativos, pero que gastan su vida en luchar intensamente contra el Mal, y en tratar de devolver el Bien al mundo; están dando entrada a Dios en el mundo.

 

Qué es lo esencial del ser cristiano

p.21

Peter Seewald: ¿Qué quiere decir exactamente "católico"? ¿Es un determinado sistema? ¿Es una forma concreta de enfocar el mundo y todas las cosas?

Card. Ratzinger: Evidentemente, podemos exponer los puntos esenciales más importantes como son que lo primero de todo es creer en Dios -en un solo Dios, para ser más exactos- que ama a los hombres y se relaciona con ellos, que llega hasta nosotros y se nos ha hecho accesible a través de Jesucristo que forma parte de la historia. Esto es así y es, además, algo tan concreto que el propio Jesucristo fundó para nosotros una comunidad.

Pero yo diría, que el catolicismo sólo puede entenderse debidamente, poniéndose en camino. Pensarlo y vivirlo tiene que ser una misma cosa; no hay otro modo de entender el catolicismo, creo yo.

 

p. 22

Peter Seewald: Está claro que no existen fórmulas para resumir el catolicismo, pero, ¿podría al menos decir qué es lo más propio de su fe?

Card. Ratzinger: La fe de los cristianos significa ver en Cristo vivo, hecho carne por nosotros, al Hijo de Dios hecho hombre, y creer en Dios, en la Trinidad de un solo Dios, Creador del cielo y de la tierra; y creer que este Dios que se humilló y -por así decir- se hizo pequeño, vela por nosotros los hombres y forma parte de nuestra historia, y creer también que el espacio donde todo esto se manifiesta es la Iglesia, lugar privilegiado de su expresión. Por eso, la Iglesia no es una simple organización humana -aunque haya tanto de humano en ella-, es mucho más, pues la fe nos exige estar con y en la Iglesia; en la Iglesia se interpretan y se viven las Sagradas Escrituras.

 

p.23

Peter Seewald: Personalmente, qué le parece lo más atractivo del catolicismo.

Card. Ratzinger: La grandeza de vivir esta historia de la que formo parte, me parece algo fascinante; es algo que -en mi opinión incluso sólo humanamente tiene mucho de extraordinario. Y también me llena de admiración que una institución con tantas debilidades y errores, a nivel humano, siga manteniéndose firme y que yo -mientras forme parte de ella- esté en comunión con todos los fíeles vivos y difuntos de esa gran comunidad. Y que aquí, en esta comunidad, es donde también tengo la certeza de algo fundamental en mi vida: que Dios se ha fijado en mí. Es una certeza en la que he basado mi vida y en la que quiero vivir y morir.

 

p.126

Card. Ratzinger: Porque la fe se basa, fundamentalmente, en sabernos amados por Dios, y eso significa, no sólo una respuesta afirmativa a Dios, sino también a la Creación, a las criaturas, sobre todo a los hombres, donde tratamos de ver la imagen de Dios para amarle mejor.

 

p. 207

Card. Ratzinger: Es posible que en la Iglesia haya actualmente demasiada decisión y demasiado gobierno. En realidad, según su naturaleza, tiene una función que consiste sólo en servir para que se celebren los sacramentos, para hacer que Cristo pueda estar siempre presente y para que se proclame la Palabra de Dios. Todo lo demás está supeditado a esto.

La alegría es un elemento constitutivo del cristianismo

p. 30

Card. Ratzinger: (...) la alegría es un elemento constitutivo del cristianismo. Alegría, pero no en el sentido de la que es causada por el ocio y la diversión, que siempre puede ocultar cierto fondo de desesperanza. Todos sabemos que el alboroto, a veces, es una máscara para disimular la desesperanza. El cristianismo da una alegría propiamente dicha. Y es una alegría que, además de ser compatible con las dificultades de nuestra existencia, contribuye a hacerla más fácil. En el Evangelio, la historia de Jesucristo empieza con las palabras que el ángel dirigió a María, en forma de saludo, «¡Alégrate!». Y en la noche de su nacimiento, los ángeles también repetían: «os anunciamos una gran alegría». El propio Jesucristo manifiesta que viene a traernos una buena nueva, es decir, que el meollo nuclear del mensaje es siempre este: «vengo a anunciaros una gran alegría, Dios está aquí, os ama y así será para siempre».

 

Sobre el sábado en que nació Benedicto XVI

p.47

Peter Seewald: Cardenal Ratzinger, usted nació en Marktl am Inn -Alta Baviera- un 16 de abril de 1927, en un Sábado Santo. ¿Eso se ajusta a su modo de ser?

Card. Ratzinger: Sí. A mí me alegra mucho haber nacido en ese día, víspera del Domingo de Gloria, justo al empezar la Pascua pero sin que todavía haya dado comienzo. Además, me parece muy significativo, porque indica lo que es mi propia historia en la realidad, lo que es mi situación actual: estar a las puertas de la Gloria, sin entrar todavía en ella.

 

Importancia del arte. La respuesta del hombre a la realidad no puede ser sólo la razón -como asegura la ciencia-, ni tampoco puede expresar todo lo que el hombre quiere y debe expresar

p.52

Card. Ratzinger: El arte es elemental para el hombre. La respuesta del hombre a la realidad no puede ser sólo la razón -como asegura la ciencia-, ni tampoco puede expresar todo lo que el hombre quiere y debe expresar. Yo creo que el arte es algo que Dios ha puesto en el hombre. El arte, con la ciencia, es el mayor don que Dios le ha podido dar.

 

Los autores que más han influido sobre Benedicto XVI

p. 66

Peter Seewald: ¿Qué corriente espiritual le interesó más en particular?

Card. Ratzinger: Me interesaron mucho Heidegger y Jaspers, y el personalismo en su conjunto. Steinbüchel ha escrito un libro, «Die Wende des Denkens», (El cambio del pensamiento), donde expone, de forma impresionante, el cambio radical del predominio del neokantismo a la fase personalista. Esta fue una lectura clave para mí. Y como contrapeso a todo esto, me interesaron mucho, también desde el principio, Tomás de Aquino y San Agustín.

 

La Revelación contenida en  la Biblia es definitiva, y con el Espíritu Santo siempre tiene algo nuevo que decir

p.68

Card. Ratzinger: La palabra de la Revelación histórica es definitiva, pero también inagotable, y permite seguir profundizando en ella. El Espíritu Santo habla en todo tiempo como intérprete de Cristo, manifestando así que su palabra siempre tiene algo nuevo que decir. El Espíritu Santo no puede extrapolarse a un período futuro como dice el joaquinismo, sino que siempre es edad del Espíritu. La edad de Cristo es la edad del Espíritu Santo.

 

Lo que queda después de suprimir la verdad sólo es simple decisión nuestra y, por tanto, arbitrario

p.73

Card. Ratzinger: Este tema [el de la verdad], al principio, no me parecía de particular interés. Pero a lo largo de mi trayectoria intelectual me fui dando cuenta de lo siguiente: viendo todas nuestras limitaciones, ¿no será una arrogancia por nuestra parte decir que conocemos la verdad? Y, lógicamente, después me planteaba si no sería conveniente suprimir esa categoría. Y tratando de resolver esta cuestión, llegué a comprender y a percibir con claridad que renunciar a la verdad no sólo no solucionaba nada, sino que además se corría el peligro de acabar en una dictadura de la voluntad. Porque lo que queda después de suprimir la verdad sólo es simple decisión nuestra y, por tanto, arbitrario. Si el hombre no reconoce la verdad, se degrada; si las cosas sólo son resultado de una decisión, particular o colectiva, el hombre se envilece.

 

La Iglesia tiene que hablar también a las conciencias de los desaprensivos -que pasan frívolamente por la vida sin querer enterarse de la miseria de su entorno

p.89

Card. Ratzinger: La Iglesia tiene que hablar a las conciencias de los poderosos y a las de los intelectuales, pero también a las de los desaprensivos -que pasan frívolamente por la vida sin querer enterarse de la miseria de su entorno-, y a muchas otras conciencias.

 

No hacer frente a los problemas me ha parecido siempre la peor forma de desempeñar un cargo

p.90

Card. Ratzinger: Todavía hoy en día me consuela pensar que nunca rehuí ninguno de los conflictos de aquel período de Munich, pues -como ya dije antes- no hacer frente a los problemas me ha parecido siempre la peor forma de desempeñar un cargo; me parece inconcebible.

 

            Sobre el abuso de la sexualidad

p.106

Peter Seewald: Ahora bien, hay que reconocer que esa imagen de la sexualidad como poder omnipresente se ha impuesto totalmente en nuestros días.

Card. Ratzinger: Es evidente que el actual quebrantamiento -como nunca antes había sucedido- de la integridad de la persona y de la unión del varón con la mujer, se debe a la técnica y a los mass media. Ahora se ha neutralizado el sexo y se pone a la venta como una mercancía cualquiera.

 

Peter Seewald: Pero eso está pasando desde hace 2000 años...

Card. Ratzinger: De acuerdo, pero que se pueda comprar sexo directamente en la tienda, o que nos inunden con imágenes del hombre visto como objeto y no como persona, eso ha pasado a una categoría distinta, debido a su comercialización. Al convertir la sexualidad en una mercancía que puede difundirse masivamente, se han producido también formas de alienación y de abuso que van mucho más allá de lo que sucedía antes.

 

            Sobre los cambios en el  pensamiento de Ratzinger

p.124

Card. Ratzinger: Que en mi vida se hayan dado giros y cambios no lo discuto, pero mantengo firmemente que siempre han estado basados en una identidad subyacente y, por eso, siempre que ha habido un cambio en mi vida ha sido con el único fin de ser más fiel todavía. En esto estoy totalmente de acuerdo con el Cardenal Newman que decía que, «vivir es cambiar, y ha vivido mucho quien haya sido capaz de cambiar mucho».

 

 

            El ejemplo de San Benito

p.136

Card. Ratzinger: Estoy seguro de que a la Iglesia tampoco en el futuro le faltará creatividad. Si ahora pensamos en la Antigüedad, San Benito, por ejemplo, no llamó la atención de nadie en su tiempo. Era un hombre de la nobleza romana que se había retirado de la sociedad y no parecía hacer nada singular. Sin embargo, más tarde se reconoció su singularidad señalándole nada menos que como «el arca de supervivencia para Occidente». Yo pienso que hoy en día también hay muchos cristianos que se retiran, en ese sentido, huyen de ese extraño consenso de la existencia moderna y buscan nuevos modelos de vida; ahora tampoco llaman la atención de nadie, pero con el tiempo, en el futuro se reconocerá lo que en realidad están haciendo.

 

La idea general del mundo moderno: vivir como si Dios no existiera

p.136

Peter Seewald ¿Podría decirme más exactamente qué entiende por «extraño consenso de la existencia humana [moderna]»?

Card. Ratzinger: Precisamente lo que acabo de indicar. En la ética del hombre actual «Dios no existe, y de existir, no tiene nada que ver con nosotros». Esa es, prácticamente, la idea general del mundo moderno: «¿Dios no se ocupa de nosotros?, pues nosotros tampoco nos ocuparemos de Dios». Y consecuentemente para ellos la pregunta sobre la vida eterna tampoco cuenta para nada. Las obligaciones que teníamos ante Dios y ante el juicio divino, han sido suplantadas por las que tenemos ante la historia y la humanidad. Esto ha originado nuevas pautas morales que conducen a algunas conclusiones que podríamos calificar de ciertamente fanáticas; ahora se justifica la planificación familiar, por ejemplo, por el exceso de población o la conservación del equilibrio biológico. Pero esto significa, al mismo tiempo, que también se permite todo lo que no se oponga a ello. Porque no hay autoridad superior al juicio de la opinión pública, de sus juicios, de sus tribunales (que, dicho sea de paso, pueden ser tremendamente crueles), la fuerza que motiva estos ideales de vida de los hombres de nuestra época suele ser muy limitada. El valor de los ideales redunda en provecho de los que está más lejos y no de los cercanos; porque en el ámbito de los más próximos crece con frecuencia el egoísmo...

 

El feminismo radical pretende liberar a la persona de su propia biología

p. 142

Card. Ratzinger: La idea de liberación –si es que podemos citar la libertad como titular de una nueva espiritualidad de nuestro siglo- se ha amalgamado con otra ideología, la del feminismo. Actualmente se considera a la mujer como un ser oprimido, así que la liberación de la mujer sirve de centro nuclear para cualquier actividad de liberación. Y, ahora, resulta que a una teología de liberación política le ha tomado la delantera otra de liberación antropológica. Además, no se conforman con pensar en un simple cambio de papeles, se ha llegado mucho más lejos que eso, y su objetivo es liberar al hombre de su biología. Se distingue entonces el fenómeno biológico de la sexualidad de sus formas históricas, a las que se denomina gender, pero la pretendida revolución contra las formas históricas de la sexualidad culmina en una revolución contra los presupuestos biológicos. Ya no se admite que la "naturaleza" tenga algo que decir, es mejor que el hombre pueda modelarse a su gusto, tiene que liberarse de cualquier presupuesto de su ser: el hombre tiene que hacerse a sí mismo según lo que él quiera, sólo de ese modo será "libre" y liberado. Todo esto, en el fondo, esconde una insurrección del hombre contra los límites que lleva consigo en cuanto ser biológico. El hombre tiene que ser su propio creador, versión moderna de aquel "seréis como dioses"; tiene que ser como Dios

 

La «teología india» trata de resucitar la religión y la cultura precolombinas, convencida de que así podrá liberarse de la "extranjerización" europea que actualmente le desborda [Estilo Evo Morales]

p.143

Card. Ratzinger: Un nuevo despertar de viejas culturas, tras la desaparición de la ola marxista, es la nueva corriente que está fluyendo con bastante potencia en Latinoamérica. La «teología india» trata de resucitar la religión y la cultura precolombinas, convencida de que así podrá liberarse de la "extranjerización" europea que actualmente le desborda. Y ahí se da cierta conexión con el feminismo, que nos parece interesante. Ponen de relieve el culto a Dios, a la madre tierra y, sobre todo, a lo femenino. Eso refuerza las tendencias del feminismo americano-europeo que no se conforma con hacer afirmaciones antropológicas, sino que quiere formar un nuevo concepto de Dios, porque el patriarcado se habría proyectado en Dios, y a partir de ahí, se habría establecido el dominio sobre la mujer a partir de la idea de Dios.

 

La supuesta incompatibilidad entre verdad y democracia, entre cristianismo y modernidad

p.143

Card. Ratzinger: Al hombre moderno con su consabido escepticismo científico le parece poco democrático, intolerante e incluso inaceptable, que nosotros digamos «estoy en posesión de la verdad», o «eso no es verdad, es sólo parte de la verdad». Y precisamente en esa vida que se dice democrática y tolerante se plantea la cuestión, ahora candente, de si podremos seguir adelante con nuestro cristianismo.

 

p.162

La primera amenaza, cada vez mayor, que sufre actualmente la Iglesia es la nueva concepción del mundo que presenta al cristianismo o a la fe católica como intolerante, como demasiado anticuada, pasada de moda e incompatible con la modernidad, y, por lo tanto, que haya de ser reprimida. Este es un peligro bastante serio en mi opinión, aunque de momento no se observe con mucha nitidez. Pero existe esa presión de la sociedad que quiere que la Iglesia se acople a las ideas tipo standard predominantes en el mundo.

La liturgia no hay que entenderla sólo de un modo racional, sino con todos los sentidos, para adentrarnos en una celebración que está por encima de la historia

p.186

Card. Ratzinger: Porque en liturgia no hay que entender las cosas sólo de forma racional, como se entiende una conferencia, sino de modo más completo, participando con todos los sentidos y dejándose compenetrar por una celebración que no ha sido inventada por una comisión, sino que nos llega desde la profundidad de los siglos, y en definitiva, desde la eternidad

(...)

El sacerdote no es un «showman» al que se le ocurra algo que luego comunica a los demás. Al contrario, tiene que ser muy mal «showman», tiene que desaparecer, porque él está en representación de alguien, no actúa en nombre propio.

 

Sobre el rigor de la liturgia y la  personalidad del celebrante en la celebración litúrgica

p.187

Card. Ratzinger:[La liturgia] tiene que conservar siempre su continuidad, manteniendo las últimas indicaciones, todo, para que a través de ella yo pueda encontrarme con lo eterno en una misma comunidad festiva a lo largo de los siglos; eso es muy diferente a algo planificado por un comité o una comisión de festejos.

 

Creo que ahí ha habido una especie de clericalismo, a partir del cual se entiende un poco la petición de la ordenación de la mujer. Porque, ahí al sacerdote, a la persona del sacerdote, se le otorga una importancia desmedida, es decir, se espera de él que haga todo perfecto, que lo presente todo muy bien, etc. Porque, con esa mentalidad, el centro de la celebración es realmente el sacerdote. En consecuencia, cabe preguntarse «¿por qué concretamente él?». Cuando, por el contrario, el sacerdote sabe desaparecer personalmente, y reconocerse sólo como mero representante y se limita a cumplir con fe lo que se le pide, entonces lo que sucede no gira en torno a él, su persona no es el centro, sino que se retira y emerge algo más grande. En eso se debe ver además la potente fuerza de la Tradición no manipulable. Su belleza y su grandeza se imponen incluso a quien no sabe precisar ni comprender todos sus detalles. En el centro está entonces la Palabra, que es anunciada y explicada.

 

p.188

(...) Habría que insistir y explicar muy claramente que en la ciencia litúrgica no se producen continuamente modelos nuevos, como es costumbre hacer en la industria del automóvil. La liturgia está para ser incorporada a fiestas y a ferias litúrgicas y preparar al hombre para esos misterios. Deberíamos aprender de la Iglesia oriental, y también de todas las religiones del mundo, donde todos saben que la liturgia no está para descubrir nuevos textos y ritos, sino que perdura, precisamente, porque no se deja manipular.

 

La fe es un don recibido para transmitirlo a los demás

p.191

Card. Ratzinger: La fe es un don recibido para transmitirlo a los demás, y no ha sido debidamente acogida si se piensa que es sólo para uno mismo. El cristianismo interiormente bien vivido, está marcado por una dinámica que nos lleva a compartirlo. He hallado algo que puedo hacer y no puedo conformarme con decir "esto me basta", porque en ese mismo momento destruiría el bien hallado. Es como cuando se recibe una gran alegría: existe una necesidad de contarla enseguida, de compartirla con alguien, porque si no, no es una alegría completa. Y ésa es exactamente la dinámica de dar a los demás una parte del mensaje que Cristo dio a los suyos; además del esfuerzo, la imaginación y la audacia e, incluso, el riesgo de perder nosotros algo en ello. Por eso no podemos quedarnos tranquilos y pensar "bueno, no se trata de una promesa concreta, los éxitos los da Dios, nosotros no ponemos nada de nuestra parte, si vienen los resultados o no, ya se verá". En el interior de la Iglesia, siempre debe estar presente esa intranquilidad: ha destinado un don destinado a toda la humanidad.

 

Sobre el valor del celibato en la Iglesia

p.210

Card. Ratzinger: La renuncia al matrimonio y a una familia habría que contemplarla bajo este punto de vista, «renuncio a algo normal e importante para los demás, renuncio a traer nuevas vidas al árbol de la vida, para vivir con la confianza de que sólo Dios es mi heredad, y contribuir así a que los demás crean en la existencia del Reino de los Cielos». «Así, no sólo con palabras, sino con mi propia existencia, daré testimonio de Jesucristo y de su Evangelio, entregaré mi vida para que Dios disponga de ella».

 

p.211

Card. Ratzinger: Es muy importante saber y tener clara la idea de que los tiempos de crisis del celibato coinciden siempre con tiempos de crisis del matrimonio. (...) Y una cosa más, el esfuerzo por vivir realmente bien el matrimonio, tampoco es pequeño. Es decir, que si se aboliera el celibato, pasaríamos, en la práctica, a la separación de matrimonios de sacerdotes, y tendríamos un nuevo problema añadido. La Iglesia evangélica sabe mucho de eso. Nosotros lo que podemos comprobar con todo esto es que las altas formas de vida que se dan en la existencia humana conllevan también grandes riesgos.

 

Sobre el tema de la contracepción, Ratzinger recuerda tres principios: 1º Toda nueva vida humana es una bendición de Dios para los hombres; 2º Sexualidad y reproducción están indisolublemente unidad; 3º Los problemas morales no se solucionan sólo con medios técnicos, sino principalmente mediante el esfuerzo personal

p.219

Card. Ratzinger: [hablando de la postura de la Iglesia ante la contracepción] Yo creo que hay tres grandes opciones fundamentales que hay que tener en cuenta. La primera consiste en una actitud positiva hacia el niño por parte de la humanidad. El cambio de enfoque en este ámbito ha sido considerable. Antes, hasta el siglo XIX, los hijos eran considerados, incluso entre las capas sociales más sencillas, como una bendición de Dios; en cambio, ahora se ven como una carga (...). Esta sería la primera intención de la Iglesia, recobrar la primitiva –la auténtica- forma de enfocar este tema: cada hijo, un nuevo ser, es una bendición. Dando vida, también se recibe vida, y salir de sí mismo y adherirse a la bendición de la Creación es esencialmente bueno para el hombre.

            La segunda es que, ante la actual situación –hasta ahora desconocida- de separación entre la sexualidad y la reproducción, hemos de volver cuanto antes a recordar y a recuperar el nexo íntimo que existe entre ambas realidades.

            (...) la tercera opción es considerar una vez más que los graves problemas morales sólo se solucionan moralmente, es decir, cambiando el modo de vida. Y yo diría que éste es –también con independencia de los anticonceptivos- uno de nuestros mayores peligros. Porque actualmente queremos dominar cualquier situación en la que se encuentre el hombre con ayuda de la técnica y hemos olvidado que en la humanidad siempre ha habido problemas humanos que no se han podido solucionar con esos sistemas, sino con la firma decisión de dar un giro al estilo de vida.

 

Comparación entre la pena de muerte y el aborto provocado

p.220

Card. Ratzinger: Cuando la pena de muerte es legal, lo que se hace es castigar a un sujeto que ha cometido un delito comprobado y de extrema gravedad, y que, además, pueda ser un peligro para la paz social; es decir, se castiga a un culpable. En un aborto, en cambio, se aplica la pena de muerte a una persona absolutamente inocente. Son dos cosas totalmente diferentes que no admiten comparación.

Lo que ocurre es que muchos ven al niño no nacido como a un injusto agresor que «va a disminuir mi espacio vital», «se entrometerá en mi vida», y al que, por tanto, hay que castigar como a un injusto agresor.

 

La idea de los derechos humanos se debe a los teólogos y canonistas españoles

p.242

Card. Ratzinger: El papa Pablo III y sus sucesores intercedieron con firmeza en favor de los derechos de los indígenas y ordenaron los correspondientes ordenamientos jurídicos. La corona española, en concreto el emperador Carlos V, también dictó nuevas leyes, en gran parte irrealizables, pero que honran a la corona española, pues protegían los derechos de los indígenas a los que, expresamente, reconocían como seres humanos y, por tanto, titulares o portadores de derechos humanos. En el siglo de oro de España, los teólogos y los canonistas españoles fueron los que dieron origen a la idea de los derechos humanos. Posteriormente, otros los hicieron suyos, pero para entonces ya habían sido redactados, en España, por Vitoria.

 

Las democracias deben su origen al mundo judeo-cristiano de Occidente

p.244

Card. Ratzinger: Yo sólo puedo subrayar eso que ha escrito Oppenheimer (*). Hoy en día, todos sabemos que el modelo democrático procede de la constitución monástica, que fue pionera con sus capítulos y sus votaciones. La idea de derechos iguales para todos encontró ahí su forma política. También es cierto que antes había habido una democracia griega de donde se tomaron algunas ideas decisivas, pero después del ocaso de los dioses, tenían que ser transmitidas de alguna otra forma. Es un hecho evidente que las dos primeras democracias -la americana y la inglesa- están basadas en una misma conformidad de valores procedente de la fe cristiana, y que sólo pueden funcionar, y funcionan, cuando existe un acuerdo fundamental sobre los valores. De no ser así, se disolverían, se desintegrarían. De ahí se obtiene un balance histórico muy positivo para el cristianismo que desplegó una relación nueva del hombre consigo mismo y con una nueva humanidad. La antigua democracia griega tenía la garantía sagrada de los dioses. La democracia cristiana de la época moderna se basa en la sacralidad de los valores garantizados por la fe, que se substraen al arbitrio de las mayorías. (...) cuando decae el cristianismo, irrumpen de nuevo las antiguas fuerzas del mal que habían sido rechazadas por el cristianismo. Des de el punto de vista puramente histórico puede decirse que no hay democracia sin fundamentos religiosos, sagrados

 

(*) El periodista judío Franz Oppenheimer escribió: «Las democracias deben su origen al mundo judeo-cristiano de Occidente. La historia de su origen condiciona fundamentalmente nuestro mundo pluralista. También a su origen hemos de agradecer las normas que hasta ahora han aprobado, juzgado y corregido nuestras democracias». La referencia a la cita de Oppenheimer está en la misma pregunta que le hace Peter Seewald a Ratzinger

La misma historia nos muestra cómo la Iglesia es la luz del mundo

p. 245

Peter Seewald: El Cardenal inglés Newman dijo a propósito del mensaje que la Iglesia trae al mundo: «Sólo porque estamos nosotros los cristianos, porque hay una red internacional de comunidades cristianas que se extiende por toda la tierra, se detiene la caída del mundo. La subsistencia del mundo está vinculada a la subsistencia de la Iglesia. Si la Iglesia enferma, el mundo lanzará un lamento sobre sí mismo»

Card. Ratzinger: Esa formulación tal vez resulte demasiado drástica, y sin embargo, yo diría que, precisamente, la historia de las grandes dictaduras ateas de nuestro siglo ‑nacionalsocialismo y comunismo- ha demostrado que, cuando faltan la fuerza de la Iglesia y el empuje de la fe, el mundo salta en pedazos. El paganismo precristiano aún tenía cierta inocencia y la vinculación a los dioses también encarnaba valores primitivos que ponían límites al mal, ahora si desaparecieran las fuerzas contrarias al mal se produciría un enorme cataclismo.

Ahora podemos decir, basados en la certeza de la experiencia, que, si se arrancara de cuajo la autoridad moral que representa la fe cristiana, la humanidad se encontraría como un gran barco después de chocar contra un iceberg, dando bandazos y en grave peligro para la supervivencia de la humanidad.

 

Mitología y religión. La religión no la inventamos; los mitos sí.

p.254

Card. Ratzinger: Pero si los mitos ya están preparados por nosotros, y los elegimos según nuestras necesidades, entonces no tienen ninguna fuerza. La religión, como su propio nombre indica, no puede existir sin una ligadura. De no existir una disposición al compromiso, al sometimiento, a la verdad ante todo, la religión solamente sería un juego. 

 

La separación religión y Estado es un logro del cristianismo

p.258

Card. Ratzinger: La idea de la separación de la Iglesia y del Estado se debe al cristianismo. Antes del cristianismo había una identidad entre la constitución política y la religión. En todas las culturas, el Estado poseía carácter sagrado y, por tanto, era también el supremo guardián de lo sagrado. Esto ya era así en la prehistoria del cristianismo, en el Antiguo Testamento. En Israel estaba, al principio, entremezclado. Pero, cuando la fe del pueblo de Israel pasó a ser la fe de todos los pueblos, su identificación política se disolvió y se convirtió en un elemento que sobrepasaba las diferencias y separaciones políticas. Y ese fue, en realidad, el punto de confrontación entre el cristianismo y el Imperio romano. El Estado había tolerado las religiones privadas pero siempre con la condición de que se reconociera el culto al Estado, la cohesión del firmamento de los dioses bajo los auspicios de Roma, y de que la religión del Estado se colocara por encima de todas las religiones privadas, como punto superior de convergencia.

 

Pero el cristianismo no aceptó esas condiciones; suprimió el carácter sagrado del Estado y, con ello, cuestionó la construcción fundamental de todo el Imperio romano, es decir, del antiguo mundo. Así que, después de todo, esa separación es, en su origen, un legado cristiano al mismo tiempo que un factor determinante para la libertad. El Estado, por tanto, ya no es un poder sagrado, sino sólo un orden limitado por una fe que no adora al Estado, sino a un Dios que está por encima de él y que, además, es su juez. Eso era algo nuevo y pudo expresarse de diversas formas según la situación de cada sociedad. En este sentido, la evolución de ese modelo de separación entre Iglesia y Estado, a partir de la Ilustración, se ha realizado, y tiene aspectos positivos. Lo negativo es que la época moderna lleve consigo una reducción de la religión a la esfera subjetiva, produzca de nuevo un absolutismo del Estado, como se advierte claramente en Hegel.

 

El cristianismo, por su parte, nunca quiso ser considerado religión de Estado, al menos al principio; quería distinguirse del Estado. Estaba dispuesto a rogar por el emperador, pero no a ofrecerle sacrificios. Además, había conquistado derechos públicos, es decir, ya no era solamente un sentimiento subjetivo -«todo es sentimiento», decía Fausto-, sino que había conseguido ser una verdad de la cual podía hablarse abiertamente y que establecía sus propias normas de conducta y, en cierta medida, también obligaba al Estado y a los poderosos de este mundo. En ese sentido, yo creo que el desarrollo de la Edad Moderna trajo consigo lo negativo del subjetivismo, pero también tuvo su lado positivo, que es la combinación de una Iglesia libre en un Estado libre, si se puede hablar así. Esta situación ofrece la posibilidad de profesar una fe más viva, más motivada, más libre, que se debe oponer a la subjetivación, y que debe intentar todavía transmitir su mensaje en el ámbito público.

 

La Iglesia va contracorriente, con independencia de las modas

p.260

Card. Ratzinger: Hay mucho de verdadero en eso [en la consideración de la Iglesia como oposición a las fuerzas de este mundo]. El «anacronismo» de la Iglesia, que, por una parte, significa debilidad -se la empuja para que se aparte-, también puede ser su fortaleza. Los hombres tal vez piensen que, para luchar contra ideologías tan banales como las que ahora predominan en el mundo, se necesita una oposición, y que la Iglesia puede ser moderna siendo antimoderna, es decir, oponiéndose a lo que dicen todos. A la Iglesia le corresponde ejercer un papel de oposición profética, que debería tener el coraje de representar. En realidad, el coraje de la verdad es su gran fuerza, aunque esto al principio parezca que le hace daño, al quitarle popularidad y encerrarla en una especie de ghetto.

 

Pero yo no definiría el cometido de la Iglesia como el de una oposición, en general. Porque la Iglesia por su propia naturaleza siempre está llamada a desempeñar un papel constructivo. Siempre está colaborando de modo constructivo para que todo adquiera su mejor forma, la más justa.

 

La creciente influencia del Islam se debe a la decadencia moral del Occidente cristiano

p.266

Card. Ratzinger: En la situación cultural del siglo XIX y principios del siglo XX, hasta entrados los años sesenta, la superioridad industrial, cultural, política y militar de los países cristianos era tan grande que el islamismo quedó relegado a un segundo plano, y el cristianismo -o al menos las civilizaciones fundadas en el cristianismo- quedó como el gran poder vencedor de la historia universal. Pero entonces tuvo lugar la grave crisis moral del mundo occidental en la que también se encontraba el mundo cristiano. Ante la profunda contradicción moral del mundo occidental y su confusión interior, y ante la reaparición del poder económico en los países árabes, el alma islámica despertó: «nosotros también valemos algo», «nuestra identidad vale más que otras», «nuestra religión se mantiene firme, mientras que de la vuestra ya no queda nada».

 

Este es el sentimiento del mundo islámico: «los países occidentales no tienen mensaje moral, lo único que pueden ofrecer al mundo es un know how»; «la religión cristiana ha abdicado, ya no le queda nada de auténtica religión»; «los cristianos no tienen moral ni tienen fe, sólo les quedan restos de ideas de una Ilustración moderna»; «nosotros, en cambio, tenemos una religión firme y segura».

 

Así, los musulmanes tienen la convicción de que el Islam, al final, es el que ha quedado en escena como la religión más viva, que ellos tienen algo que decir al mundo; que son la verdadera fuerza religiosa del futuro. Antes, la sharíah y todo lo demás habían salido de escena, ahora está presente el nuevo orgullo. Y eso ha originado un nuevo entusiasmo, ha despertado un fuerte e intenso deseo de vivir el Islam. Y su fuerza consiste en que: «nosotros tenemos un mensaje moral, ininterrumpido desde los profetas, y diremos al mundo cómo se ha de vivir; los cristianos ya no lo pueden hacer». Con esta fuerza interior del Islam, que está fascinando incluso los ambientes académicos, es con la que tenemos que habémoslas.

 

Lo que más interesaba a Juan Pablo II según Ratzinger

p.276

Card. Ratzinger: [Lo que más interesaba al Papa Juan Pablo II, no sólo era la cuestión de la unidad de los cristianos] , antes que nada, le interesa mucho el ámbito del propio Evangelio, que debe predicarse constantemente y que, cuando sólo se piensa en lo que interesa a la opinión pública, puede quedar ensombrecido con facilidad.

 

Naturaleza de la Iglesia en contraste con la organización de un Estado.

p.296-297

Card. Ratzinger: La Iglesia no es una organización más entre otras muchas, ni tampoco una especie de Estado en el Estado, que debería configurarse de acuerdo con las demás reglas democráticas. La Iglesia es otra cosa, por así decir, es una fuerza espiritual. Tiene su forma social y de organización, pero en lo esencial es una fuente que produce y suministra una fuerza que el Estado no puede obtener por sí mismo. Hay una frase de Böckenförde que se ha hecho famosa: «la sociedad democrática vive de unas fuerzas que ella misma no puede generar», que es lo mismo que antes daba a entender, aludiendo a algún sistema necesario para su protección.

 

Eso, en mi opinión, también sería entrar en una cuestión que ahora no vamos a tratar, la democracia en la Iglesia. Además, si se piensa que la Iglesia debe ser una imitación del Estado, es porque se desconoce su naturaleza. Pues, como sabemos, la propia democracia, digamos, es un audaz intento de regular según el principio de mayoría un ámbito limitado de hechos humanos. Sería absurdo querer extender eso a cuestiones sobre la verdad y el bien; y sería también un sinsentido que, por ejemplo, por el principio democrático, una gran minoría tuviera que obedecer siempre, y se originara una especie de oligarquía, de predominio de un grupo. En esto la democracia misma necesita realidades capaces de integrarla, que den sentido a sus mecanismos, y que se constituyan de tal modo que correspondan a su intrínseca función.

 

Para la Iglesia es muy importante que no se la considere primariamente como un organismo autónomo que ofrece una amplia prestación de servicios, sino que vive lealmente, dinámicamente, de algo que no hace ella misma, y así podrá dar a la humanidad lo que ésta nunca podría obtener por propio esfuerzo. La Iglesia no puede dar órdenes al mundo, pero tiene respuestas para su confusión y su desorientación. Con esas imágenes bíblicas de la «sal de la tierra», de la luz del mundo, se da a entender que la Iglesia tiene función de representación. La «sal de la tierra» presupone que no toda la tierra es sal. La Iglesia tiene, como Iglesia, una función para un todo, dentro de un todo, y no es la simple copia de otra cosa, ni siquiera de un Estado. Todo esto tiene que estar presente en su vida. Tiene que ser consciente de lo específico de su mensaje, y estar, como la luz de Dios, en el devenir del mundo, manteniéndose libre y abierta para que al mundo le llegue el aire que necesita para respirar.

 

La Iglesia se manifiesta, antes que en su magisterio, en la misma vida de sus fieles

p.297

Card. Ratzinger: Pero tampoco debemos perder de vista la afirmación «nosotros somos Iglesia» en su sentido auténtico. La Iglesia no consiste sólo en el Magisterio, o en aquellos a los que se ha confiado un ministerio. Esta afirmación puede arraigar de modo eficaz y comprensible para el mundo, sólo si la Iglesia no se reduce a pura doctrina, sólo si la Iglesia no se reduce a lo que aparece en los documentos romanos o en las cartas pastorales, sino que, efectivamente, la palabra de la Iglesia docente se convierte en voz y sentimiento común de la Iglesia viva. Por eso, me parece especialmente importante que tales expresiones no sean sólo disposiciones impartidas desde arriba, sino que, más bien, los mismos cristianos aprendan a ser en muchos ámbitos una fuerza de resistencia.

 

El Magisterio de la Iglesia es eficiente y es fidedigno en sus manifestaciones sólo si se hace presente y se vive en el conjunto de la Iglesia. Y también, en sentido contrario, las comunidades vivas de la Iglesia necesitan el aliento que les asegura su identidad y mediante el cual reciben el estímulo para vivir lo que realmente son. Cuando decimos: «la Iglesia tiene que ser la fuerza para resistir», hemos de pensar que esa tarea debería ser un esfuerzo conjunto de todos los cristianos, no sólo del Magisterio; porque hacer ese discernimiento -no todo lo moderno es malo, ni todo lo moderno es bueno- es una cualidad muy importante, me parece a mí, sin la cual la Iglesia no puede intervenir y desempeñar su servicio de modo justo.

 

La historia en conjunto es la lucha entre el amor y la negación del amor.

p.307

Peter Seewald: Me queda una última pregunta para terminar. Cardenal Ratzinger, ¿cuál es la verdadera historia del mundo? Y también, ¿Qué es lo que realmente quiere Dios de nosotros? En cierta ocasión usted escribió: «La historia está marcada por una polémica entre el amor y la incapacidad de amar, esa desolación de las almas, propia de los hombres que sólo reconocen valores y realidades cuantificables ... Esta destrucción de la capacidad de amar produce un aburrimiento mortal. Es un veneno para el hombre. Cuando se impone, destruye al hombre y al mundo con él».

Card. Ratzinger: Me remitía a San Agustín, una vez más, que recurre a la tradición catequética cristiana anterior presentando la historia como un conflicto entre dos ciudades, dos tipos de ciudades. Goethe también hizo suya esa idea y decía que la totalidad de la historia era una lucha entre la fe y la falta de fe. Agustín lo había visto de otro modo y dijo que era: «la lucha entre dos amores, entre el amor a Dios hasta la renuncia a sí mismo y el amor propio hasta la negación de Dios». También explicaba la historia como un drama, como la lucha de un amor de dos especies. Yo he intentado precisar un poco más esas ideas, diciendo que el movimiento contrario al amor no es precisamente otro amor, no merece el nombre de amor, sino el de negación del amor. La historia en conjunto es la lucha entre el amor y la incapacidad de amar, entre el amor y la negación del amor. No sabemos lo que podría acontecer si la inclinación del hombre a la independencia se decidiera a pronunciar: «yo no quiero amar, porque me haría dependiente y eso se opone a mi libertad».

 

Amar significa, de hecho, depender de algo que tal vez me puedan quitar y, por tanto, es añadir el riesgo de un sufrimiento a mi vida. Ahí radica, manifestado o no, el rechazo: «prefiero no amar, porque no quiero sufrir ese riesgo, y ver limitada mi independencia, ni verme privado de mi disponibilidad y acabar siendo nada». Mientras que el pronunciamiento de Cristo es muy diferente; es un sí al amor, porque sólo él, precisamente con su riesgo de sufrimiento y de pérdida de sí, hace que el hombre se encuentre a sí mismo y que sea como debe ser.

 

Yo creo que el auténtico drama de la historia es que, siempre, en todos los frentes, al final aparece el mismo planteamiento: un sí o un no al amor.

 

¿Y Dios qué quiere exactamente de nosotros?

p.308

Peter Seewald: ¿Y Dios qué quiere exactamente de nosotros?

Card. Ratzinger: Dios quiere que le amemos, que seamos imagen y semejanza suya. Porque, como dice San Juan, Él es Amor, y quiere que sus criaturas se asemejen a Él, y que desde su libertad le amen y sean como Él, y le pertenezcan, para que así resplandezca su Amor.



[1] La primera traducción castellana, de 1997, ha sido sustancialmente corregida en ediciones posteriores, para ajustarse con más fidelidad al original