LA IGLESIA
Una comunidad siempre
en camino [1]
Joseph Ratzinger
Ed, San Pablo, Madrid 1992 (2ª Ed)
Título original: Zur Gemeinschaft gerufen (1991)
Traducido por Eloy Requena Calvo
10.
Un
hombre de conciencia es un hombre de verdad en todos sus sentidos
p. 76 El sacerdocio neotestamentario iniciado con los apóstoles está estructurado de modo enteramente cristológico, ya que significa la inserción del hombre en la misión de Cristo. Por tanto, lo esencial y fundamental para el ministerio sacerdotal es un profundo lazo personal con Cristo. De esto depende y a esto debe conducir el meollo de toda preparación al sacerdocio y de cualquier ulterior formación en él. El sacerdote debe ser un hombre que conoce a Jesús íntimamente, que lo ha encontrado y ha aprendido a amarlo. Por eso debe ser sobre todo un hombre de oración, un hombre verdaderamente «religioso». Sin una robusta base espiritual no puede resistir mucho tiempo en su ministerio. De Cristo debe aprender también que lo que cuenta en su vida no es la autorrealización ni el éxito. Por el contrario, debe aprender que su fin no es el de construirse una existencia interesante o una vida cómoda, ni crearse una comunidad de admiradores, sino que se trata justamente de obrar en favor del otro. Al principio esto choca con el centro natural de gravedad de nuestra existencia; pero con el tiempo resulta evidente que esta pérdida de relevancia del propio yo es el factor verdaderamente liberador. El que obra por Cristo sabe que siempre hay uno que siembra y otro que recoge. No necesita interrogarse de continuo [sobre su eficacia]; confía al Señor todos los resultados y cumple serenamente su obligación, libre y contento de sentirse siempre en las manos de Dios. Si hoy los sacerdotes se sienten muchas veces estresados, cansados y frustrados, es debido a una búsqueda exasperada de rendimiento. La fe se convierte en un pesado fardo que a duras penas se arrastra, cuando debería ser como las alas que nos hacen volar.
p. 77 De la íntima comunión con Cristo brota espontáneamente también la participación en su amor a los hombres, en su voluntad de salvarlos y de ayudarlos. Hoy muchos sacerdotes se preguntan vacilantes si llevar a los hombres a la fe puede hacerles verdaderamente bien o si, por el contrario, eso no hace más pesada su vida. Piensan que quizá será mejor dejarlos tranquilamente a merced de su incredulidad, pues parece que así es posible vivir con mayor facilidad. Cuando la fe es concebida de esta manera, sólo como un gravamen suplementario de la existencia, no puede dar satisfacción, como tampoco puede ser una tarea absolutamente satisfactoria servir a la fe. Pero el que ha descubierto íntimamente a Cristo y lo conoce directamente, descubre que sólo esta relación da sentido a todo lo demás y hace hermoso también lo que pesa. Sólo esta gozosa comunión con Cristo puede dar alegría también al servicio y hacerlo fructuoso.
p. 77 El que ama quiere conocer. Por eso un auténtico amor a Cristo se manifiesta también en la voluntad de conocerlo cada vez mejor y de conocer todo lo que le atañe. Si el amor de Cristo se hace necesariamente amor del hombre, quiere ello decir que la educación en Cristo debe incluir también la educación en las virtudes naturales del ser humano. Si amarlo significa aprender a conocerlo, quiere decir que la disponibilidad a un estudio serio y escrupuloso es un signo de la seriedad de la vocación y de una ;;onvencida búsqueda interior de su proximidad. La escuela de la fe es escuela de verdadera humanidad y es comprender la razón de la fe. Puesto que Cristo no está nunca solo, sino que vino a reunir
p. 84 Esta misma idea, aplicada al ámbito antropológico, se encontraba ya en san Buenaventura, el cual explica el camino a través del cual el hombre llega a ser él mismo auténticamente partiendo de la comparación del cincelador de imágenes, o sea el escultor. El escultor no hace nada, dice el gran teólogo franciscano. Su obra es una «ablatio»; consiste en eliminar, en quitar lo que es inauténtico. De esta manera, a través de la ablatio, surge la nobilis forma, la figura preciosa(*). De la misma manera el hombre, para que resplandezca en él la imagen de Dios, debe, ante todo y sobre todo, aceptar la purificación mediante la cual el escultor, o sea Dios, le libra de todas las escorias que oscurecen el aspecto auténtico de su ser y que hacen que parezca sólo un bloque burdo de piedra, cuando en realidad habita en él la forma divina.
(*)
4 Coll. in Hex. II 33; Quaracchi V,
342 b: «Esta ascensión ocurre por afirmación y ablación... A la ablación sigue
siempre el amor... El que esculpe una figura (sculpit figuram) no pone nada;
más bien quita, y en la misma piedra deja dentro la figura bella y noble (relinquit formam nobilem et pulchram).
Así también el conocimiento de la divinidad hace que quede en nosotros, por
ablación, una disposición nobilísima».
p. 87 «Lo que necesitamos no es una Iglesia más humana, sino una Iglesia más divina; sólo entonces será también verdaderamente humana».
p. 90 Hemos llegado aquí a un punto verdaderamente central. Me parece, en efecto, que el núcleo de la crisis espiritual de nuestro tiempo tiene sus raíces en el eclipse de la gracia del perdón. Mas fijémonos antes en el aspecto positivo del presente: la dimensión moral comienza de nuevo poco a poco a estar en boga. Se reconoce, e incluso resulta evidente, que todo progreso técnico es discutible y últimamente destructivo si no lleva paralelo un crecimiento moral. Se reconoce que no hay reforma del hombre y de la humanidad sin una renovación moral. Pero la renovación de la moralidad se queda al fin sin nervio, puesto que los criterios se ocultan en una densa niebla de discusiones. En efecto, el hombre no puede soportar la pura y simple moral, no puede vivir de ella; se convierte para él en una «ley» que provoca el deseo de contradecirla y genera el pecado. Por eso donde el perdón, el verdadero perdón lleno de eficacia, no es reconocido y no se cree en él, hay que tratar la moral de tal modo que las condiciones de pecar no pueden nunca verificarse propiamente para el individuo. A grandes rasgos puede decirse que la actual discusión moral tiende a librar a los hombres de la culpa, haciendo que no se den nunca las condiciones de su posibilidad. Viene a la mente la mordaz frase de Pascal: Ecce patres, qui tollunt peccata mundi! He aquí a los padres que quitan el pecado del mundo. Según estos «moralistas» no existe ninguna culpa.(*)
(*)
Cf al respecto el importante artículo de A. GORRES, Colpa e sensi di colpa, en Communio 77 (1984) 56-73. «El
psicoanálisis ha encontrado grandes dificultades para admitir que entre los
otros sentidos de culpa están también los debidos a una verdadera culpa. No
puede hacer valer esta comprobación a la ligera... porque su filosofía no
conoce la libertad... su determinismo es el opio de los intelectuales. Para
ellos Sigmund Freud ha superado con mucho al pobre y no iluminado Rabbi Jesús.
En efecto, él sólo podía perdonar los pecados, y además lo consideraba
necesario. En cambio Sigmund Freud, el nuevo mesías de Viena, ha hecho mucho
más. Ha quitado el pecado, la culpa del mundo espiritual». [Pero lo cierto es
que]«Los sentidos de culpa son necesarios en el ordenamiento espiritual para la
salud del alma... Por tanto, el que es tan frío que no experimenta sentido de
culpa ni siquiera cuando debería, tendría que intentar por todos los medios
recuperarlo».
p. 91 La moral conserva su seriedad solamente si existe perdón; un perdón real, eficaz; de lo contrario cae en el puro y vacío condicional [si haces A, entonces B]. Pero el verdadero perdón sólo se da cuando existe el «precio», el «valor de cambio»; si es expiada la culpa, si existe expiación. No es posible romper el círculo «moral-perdón-expiación»; si falta un elemento, desaparece el resto. De la existencia indivisa de este círculo depende que haya redención o no para el hombre. En la Torah, los cinco libros de Moisés, estos tres elementos están indisolublemente entrelazados, por lo que no es posible separar de este centro compacto, perteneciente al canon del Antiguo Testamento, a la manera iluminista, una ley moral siempre válida, abandonando todo el resto [el perdón y la expiación] a la historia pasada. El moralismo de la actualización del Antiguo Testamento corre necesariamente al fracaso; en esto consistía ya el error de Pelagio, que hoy tiene muchos más seguidores de lo que parece a primera vista. En cambio Jesús cumplió toda la ley, no solamente una parte de ella, y así la renovó fundamentalmente. Él mismo, que padeció toda culpa, es contemporáneamente expiación y perdón; y por eso es también el fundamento único, seguro y siempre válido de nuestra moral.
No se puede separar la moral de la cristología, porque no se la puede separar del perdón y de la expiación. En Cristo se cumplió la ley en su totalidad, y por eso la moral se ha convertido en una exigencia real y posible dirigida a todos nosotros. A partir del núcleo de la fe se abre siempre de nuevo el camino de la renovación para el individuo, para la Iglesia en su conjunto y para la humanidad.
p.91 El perdón y su realización en mí, a través del camino de la penitencia y del seguimiento, es en primer lugar el centro, del todo personal, de cualquier renovación. Pero, puesto que el perdón concierne a la persona en su núcleo más íntimo, puede recoger en unidad y es también el centro de la renovación de la comunidad. Pues si me quitan el polvo y la suciedad que hacen irreconocible la imagen de Dios, entonces me hago realmente semejante al otro, que es también imagen de Dios, y sobre todo me hago semejante a Cristo, que es la imagen de Dios sin límite alguno, el modelo según el cual todos hemos sido creados. Pablo expresa este hecho de modo muy plástico: «la vieja imagen ha pasado, ha nacido una nueva» (2Cor 5,17); «ya no vivo yo, pues es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). Se trata de un hecho de nacimiento y muerte. Soy arrancado a mi aislamiento y acogido en una nueva comunidad-sujeto; mi «yo» es insertado en el «yo» de Cristo, uniéndose así al de todos mis hermanos. Solamente a partir de esta profundidad de renovación del individuo nace la Iglesia, nace la comunidad que une y sostiene en la vida y en la muerte. Solamente cuando tomamos en consideración todo esto vemos a la Iglesia en su justo orden de grandeza.
p99 El sentido de culpa, que rompe una falsa serenidad de conciencia y que puede definirse como una protesta de la conciencia contra la existencia satisfecha de sí, es tan necesario para el hombre como el dolor físico en cuanto síntoma que permite reconocer las alteraciones de las funciones normales del organismo. El que ya no es capaz de percibir la culpa está espiritualmente enfermo, es «un cadáver viviente, una máscara de teatro», como dice Górres: «Son los monstruos, entre otros brutos, los que no tienen sentido alguno de culpa. Quizá estaban totalmente desprovisto de tal sentimiento Hitler, Himmler o Stalin. Quizá los capos de la mafia carecen de sentido de culpa, aunque probablemente oculten muchos cadáveres en los sótanos junto con los respectivos sentidos de culpa. Todos los hombres tienen necesidad de sentido de culpa» (*)
A.
GORRES, Colpa e sensi di colpa, en Communio 77 (1984) 56-73.
p. 100 El que ya no es capaz de reconocer que matar es pecado ha caído más profundamente que el que todavía puede reconocer la malicia de su comportamiento, ya que se ha alejado más de la verdad y de la conversión. (...) En cambio el grito de la conciencia, que no da tregua al publicano, le hace capaz de verdad y de amor.
Un hombre de conciencia es un hombre de verdad:« es alguien que
a costa de renunciar a la verdad no compra jamás el estar de acuerdo, el
bienestar, el éxito, la consideración social y la aprobación por parte de la
opinión dominante» sic.
p105 Un hombre de conciencia es alguien que no compra jamás, a costa de renunciar a la verdad, el estar de acuerdo, el bienestar, el éxito, la consideración social y la aprobación por parte de la opinión dominante.
p. 105 El individuo no puede pagar su promoción y su bienestar con una traición de la verdad reconocida como tal. Tampoco la humanidad entera puede hacerlo. Tocamos aquí el punto verdaderamente crítico de la modernidad: la idea de verdad ha sido eliminada en la práctica y substituida por la de progreso. El progreso mismo «es» la verdad. Sin embargo, en esta aparente exaltación queda carente de dirección y se desvanece por sí solo. En efecto, si no hay ninguna dirección, todo puede ser tanto progreso como retroceso.
p. 111 La anámnesis infundida en nuestro ser tiene necesidad, por así decirlo, de una ayuda del exterior para ser consciente de sí.
p. 118 El principio en virtud del cual se forma un club es la inclinación personal; en cambio el principio en el que se apoya la Iglesia es la obediencia a la llamada del Señor, como lo leemos en el Evangelio de hoy: «Los llamó, y ellos al instante, abandonando la barca con su padre, le siguieron» (Mt 4,2 Is).
Con esto hemos llegado al punto decisivo: la fe no es la elección de un programa que me satisface o la adhesión a un club de amigos por los que me siento comprendido; la fe es conversión que me transforma a mí y a mis gustos, o al menos hace que mis gustos y deseos pasen a segunda línea.